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Memorias al atravesar la Gran Sabana a pie 1/2

Día 1 – Ataque inesperado

El conductor advirtió con acento andino: “Allá por esos lares hay indios que comen gente y pueden hasta freirte si consiguen aceite, estén pilas” Hicimos caso omiso de sus creencias y fue necesario pedirle que se detuviera en el km 147 de la carretera troncal 10 que atraviesa el sector oriental del Parque Nacional Canaima, es decir, las infinitas extensiones de la mítica Gran Sabana.

La gran sabana a pie canaima mochilero
Fría mañana de la Gran Sabana nos recibe en el km 147 con un niebla descendiente de la Sierra de Lema.

¿Por qué el km 147? Es el punto para cruzar hacia Kavanayén, un pueblo indígena tan distante que era frustrante planear conocerlo. A lo que íbamos: esa misma vía guarda a los grandiosos saltos de agua Torón y Aponwao. Miguel, mi único y aguerrido compañero de viaje y yo, ya habíamos digerido el hecho de que para conocer estas cataratas debíamos caminar 40 y 45 km respectivamente. Suena como caminar hasta envejecer y más con nuestros morrales de más de 15kg cada uno, pero nuestro anhelo por llegar nos sonaba más fuerte a los oídos.

La gran sabana a pie canaima mochilero

Solo un cartel que llevaba inscrito sobre sí las palabras “Aponwao o Torón” era quien prometía llevarnos directo al éxito, su función: avisar a conductores que estos muchachos caminaban solo con el inocente deseo de toparse con aquellos destinos. En pocas palabras suplicaban “somos buenos, denos la cola”.

Otro gran anhelo que guardaba era aprender lo más posible sobre los pemones, aquellos indígenas que son los pobladores de estos paisajes tan delirantes. Me intriga bastante la cultura pemón, saber quiéne son, qué los hace hablar un idioma distinto, comer su propia comida y habitar confines tan alejados. Aquel deseo me llevó a hablar y ser empático con cuanto pemón se atravesara.

Encuentro pemón N°1: Luego de caminar la reptante carretera comenzamos a quedar desprovistos de agua, y al divisar la primera casa de pemones, aprovechamos la oportunidad de charlar con ellos a cambio de saciar la sed. Vi como la familia entera estaba reunida en una habitación al rededor de una niña enferma. La atención que le prestaban era suficiente para notar que un puñado de valores regían la forma de ser del pemón, solidario y servicial.

Encuentro pemón N°2: A una segunda familia pemón en la carretera no le atañaban los males de la enfermedad, esta por lo contrario estaba en plena rumba, y rumba para los pemones significa comer, descansar y como en casi todas las culturas: beber licor. El licor pemón es el cachiri. En mi deseo de ser considerado pemón quería probar el cachiri y para nuestra fortuna ellos nos hicieron detener el camino para brindarnos un palo. Miguel lo rechazó de inmediato, por mi mente solo decía “que indecente”. Yo acepté 2 tragos aunque me repugnara, Miguel a regañadientes solo uno. Y es que el aspecto de dicho cachiri era sumamente repulsivo.

Lancé una pregunta al aire -¿Cómo lo hacen?-
Ellos respondieron con carcajadas hasta que uno responde – Nada, fermentamos la yuca.-

Quedé sumamente intrigado y descubrí como el pemón a pesar de empático no es muy dado para comunicarse.

Seguimos nuestro rumbo, había que continuar a todo dar. En todo un día de caminata teníamos acumulado más de 20 km y faltaba poco para el cruce al Torón, la caída agua de unos 60 metros. Miguel parecía haber repotenciado su marcha con el cachiri, pero no veía el mismo efecto en mi. Quedé muy atrás y la carretera cobró vida, comenzó a moverse por si sola mientras mis pies no veían donde seguir el camino. Eran los anuncios de que todo andaba mal. Debí sentarme en el suelo mientras mi interior se estremeció como si mis vísceras se retorcieran unas sobre otras. Vomité todo el cachiri. No quiero ser muy gráfico pero el aspecto de lo que salió de mi era el mismo al ingerirlo. ¡Ya igual era asqueroso cuando lo tomamos!

Quedé tendido a la mitad de la vía, debilitado dormía sin importar el sol que incineraba, mietras tanto Miguel esperó sentado. El ángel de los pemones, si existe, presenciamos su aparición en aquel momento. Agarró mi pesada mochila y la cargó enérgicamente hasta la siguiente casa para que pudiéramos tomar reposo. Santiago, su nombre fue una de las pocas cosas que recuerdo del resto de aquel día.

Parece que mi aspecto moribundo recostado fue el génesis de las colas (autostop/aventones), inmediatamente nos ofrecieron la primera. Nos dejaría muy cerca del poblado de Kavanayén. Le oculté por completo a Miguel que ya yo sabía que no podría caminar el resto del día.

La gran sabana a pie canaima mochilero

Nos dejaron en la tierra prometida, el resto, caminar 11 km hasta Kavanayén: pan comido, si no has vomitado 1 litro de cachiri, claro. Le pedí disculpas a Miguel y me acosté de inmediato tendiendo la bolsa de dormir en el hombrillo. Una de las facetas más paupérrimas, o sea, que dan más lástima que hemos brindado quizá fue la de ese momento.

Al poco tiempo volvió a aparecer el mismo camión y nos regaló el primer día de nuestra aventura llevarnos a la comunidad de Kavanayén. Jamás imaginamos posible llegar a tan lejano lugar.

Día 2 – después de la tormenta… ¿Calma o relampaguea?

Supimos del mágico aspecto de Kavanayén al día siguiente, cuando cesó por fin una intensa lluvia.

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Kavanayén, el pueblo pemón de roca rodeado de tepuyes y niebla. De izquierda a derecha los tepuyes Ptari y el Sororopán. Todo construido con piedra le da un aire de estar congelado en una era antigua.
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Al noreste se divisa la cadena de tepuyes llamada los Testigos
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La iglesia de piedra de Kavanayén rodeada de niebla
La gran sabana a pie canaima mochilero kavanayen
Una pequeña… ¿kavanayense?

Luego de freir unos tostones para el desayuno levantamos el campamento. Llovió toda la santa noche lo que prepraró el paisaje para vestirlo de lana blanca, una neblina que en un principio no dejaba ver las casas frente a ti para luego hacer teatral la aparición de tepuyes.

Fuimos bendecidos al iniciar el día con una cola (aventón o autostop) que nos puso frente a la vía para conocer al Aponwao. El resto fue entregarnos al camino y lidiar con las arenas húmedas que atrapaban los pies.

11 km recorrimos hasta Iboribó, el poblado frente al río Aponwao. Fueron de los más difíciles del viaje entero. Una vez en Iboribó, el sentir el crujir del río cerca ya era para mí sinónimo de victoria. Pero al pedir información a los pobladores, solo llegaron malas noticias:” deben pagar 12 mil bolívares si desean pasar a conocer el Chinak- Merú, el gran salto del Aponwao” nos dijeron. La suma abarcaba casi el presupuesto entero, el viaje terminaría allí y no era el plan. La frustración.

Rogamos durante al menos una hora para hacer posible un trueque: alimentos de los que habíamos llevado a cambio del servicio para poder cruzar el río como mínimo.

Lo logramos, María, la mujer pemona que con su nobleza aceptó el trato, acordó con su esposo criollo David cruzarnos el río en curiara, la embarcación tradicional de Canaima. Luego su hijo Arturo nos guió caminando a toda velocidad hasta los pies del salto, en una carrera contra el caer del sol.

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Arturo en la proa y Miguel a babor.

Las expectativas fueron superadas cuando el Chinak-Merú se abrió paso para colapsar de forma escénica desde 106 metros de altura. No me cupo duda que estaba frente a una de las magistrales maravillas de la naturaleza venezolana.

Cliquea en la imagen para Chinak a pantalla compelta y ESC para más sabana.

Al retorno a Iboribó, charlamos con Adán, un hermano de María muy abierto a enseñarnos sobre su cultura. Nos contó tenebrosas historias sobre aquello a lo que los pemones temen. Y asustados ahora nosotros mientras la oscuridad que imperaba en aquel momento no ayudaba. Se trataba del verdadero significado de la palabra Canaima. Adán nos contó cómo para ellos solo decir Canaima resulta aterrador, como para los no muggle decir Lord Voldemort.

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Los canaima son una especie de septa pemón que desde hace siglos convierte la envidia y otros antivalores en heridas y matanzas a otros pemones. Ellos manipulan poderes excepcionales, que les permiten  envenenar a sus víctimas así como desaparecer en caso de ser hallados in fraganti como transformarse en otros seres para no ser reconocidos. Adán desconocía el verdadero objetivo de los canaima, sin embargo recalcó que aún existen y que recientemente habían hecho víctima a un joven en el mismo pueblo, quien recibió puñaladas en un brazo. Además sucedió que un niño en el poblado de San Francisco de Yuruaní corrió con la peor de las suertes abandonando este mundo. A partir de aquello hubo un llamado a permanecer alerta, no transitar los senderos solos, ni dejar de supervisar a los menores. La primera previsión ya la habíamos roto mucho.

La Gran Sabana resalta como uno de los lugares más seguros del país, no existe estrés por atracos. Sin embargo a lo único que temen los pemones es a los canaima. Y aunque cuentan las leyendas que este clan respeta al turista, surgía un nuevo peligro y nuestras ansias de sabana seguían siendo las mismas.

Continuará, por:

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8 comentarios en “Memorias al atravesar la Gran Sabana a pie 1/2”

  1. Excelente de verdad as igualito me contó un guía sobre sus creencias y las personas que hacen maldad … es bastante cierto lo del niño que mataron recientemente cuando fui lo estaban velando y todo el mundo estaba alerta le pregunte porque y me empezaron a cortar esa misma historia …. Ya tienes la parte 2 ? …

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  2. Hola Henry.. También esperando la parte 2.. Voy a buscar por ahí una crónica que hizo mi hermana de cuando subimos al pico naiguatá. Esa vez que pasó todo el evento con la rodilla de mi amiga de valencia a ver si le das una vuelta y quieres subirla por aqui.. Saludos. Excelente trabajo con el blog. Inspirador..

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    1. Sofíaa qué fino saber que hay quién quiere la 2da jajajaj. Gustavo y yo siempre recordamos toda la historia de la rodilla de Jessika, con gusto leo lo que escribió Teresa. Ese ascenso al Naiguatá me marcó definitivamente para seguir viajando por todo el país 🙂

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